«Hace uno o dos años, en una reunión del Transnational Institute de Amsterdam, me pidieron que hablara acerca de lo que podemos esperar del futuro. Actuando con un poco de malicia, puse una grabación de la Sonata 31 para piano de Beethoven (Opus 110) y luego hice la siguiente declaración: la desilusión política nace de la impaciencia política, y todos nos hemos visto condicionados a vivir esta impaciencia debido a todas esas promesas que se nos han venido haciendo repetidamente en nombre del Progreso. Supongamos, dije, que cambiamos de escenario; supongamos que no decimos que estamos viviendo en un mundo en el que es posible construir algo que va a acercar el cielo a la tierra, sino que, por el contrario, decimos que estamos viviendo en un mundo cuya naturaleza está mucho más próxima a la del infierno. ¿Cambiaría esto en algo nuestras opciones políticas o morales? Estaríamos obligados a aceptar las mismas obligaciones y a participar en una lucha que es la misma que aquella en la que ya estamos comprometidos; tal vez, incluso, nuestro sentido de solidaridad con los explotados y con los que sufren fuera más leal. Todo lo que cambiaría sería la enormidad de nuestras esperanzas y finalmente la amargura de nuestro desengaño.»
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